Los mitos del mundo no son historias falsas, sino un lenguaje universal que codifica los patrones eternos del cosmos y el alma humana.
El relato arquetípico, comúnmente llamado mito, ha sido persistentemente malinterpretado por la mentalidad moderna. Se le ha abordado como si fuese una forma primitiva de ciencia o un registro histórico deficiente, una tentativa fallida de explicar el mundo exterior. Se analiza su envoltura —los nombres de los héroes, las localizaciones geográficas, la verosimilitud de los acontecimientos— y, al encontrarla lógicamente insostenible según los cánones del dato empírico, se la descarta como una fantasía. Este enfoque es análogo a un individuo que, al recibir un mapa detallado de un territorio desconocido, en lugar de usarlo para orientarse, se dedicara a analizar la composición química de la tinta y la fibra del papel. Al concluir que el papel no es el territorio, lo arrojaría al fuego, declarándolo inútil y falso, permaneciendo así irremediablemente perdido. El poder del mito no reside en su correspondencia literal con hechos externos, sino en su precisión funcional como descripción de realidades internas y como manual de operaciones para la transformación de la consciencia. No es un intento de contar lo que sucedió una vez en el tiempo, sino una exposición de lo que sucede perpetuamente dentro de la psique humana y en la estructura fundamental de la existencia.
El mito es el lenguaje primordial y universal del alma humana, un sistema operativo que precede y subyace a la lógica discursiva y al análisis científico. Intentar comprenderlo con las herramientas de la historiografía o la física es un error categórico; es como intentar medir el amor con una balanza o el valor con una regla. El mito no describe la superficie de los acontecimientos, sino la estructura profunda de la realidad, los patrones invisibles que gobiernan tanto el cosmos como la psique. No pregunta "¿Qué sucedió?", sino "¿Qué sucede siempre?". Su validez no se encuentra en la correspondencia con un hecho externo, sino en su resonancia con una verdad interna. Es una tecnología de la consciencia, diseñada para codificar y transmitir las verdades perennes de la existencia de una forma que pueda ser asimilada no solo por el intelecto, sino por la totalidad del ser. Un arquetipo, el componente fundamental del mito, no es un mero personaje o un símbolo; es un patrón de energía y de comportamiento fundamental, una estructura inherente a la condición humana que se manifiesta una y otra vez bajo diferentes vestiduras culturales. Son los instintos del alma.
Uno de los dramas arquetípicos más fundamentales, presente en el umbral de casi toda cosmogonía, es la batalla entre el orden y el caos. Antes de que el mundo adquiera forma, existe un estado primordial de potencialidad indiferenciada, un abismo acuoso, una oscuridad sin límites. El acto de la creación es siempre un acto de diferenciación, de imponer un límite, una estructura, una ley. En la mitología mesopotámica, este drama se representa de forma magistral en el Enuma Elish. El universo comienza con Apsu, el agua dulce, y Tiamat, el agua salada, cuyo caótico ayuntamiento engendra a la primera generación de dioses. Tiamat, la Gran Madre, es el arquetipo del caos primordial, una matriz monstruosa y devoradora. Cuando el joven dios Marduk, encarnación del principio de la voluntad, el orden y la luz, se erige como campeón de los dioses, su tarea es confrontar a Tiamat. La batalla es cósmica: Marduk, armado con los vientos y la red, la divide en dos, creando con una mitad el cielo y con la otra la tierra. No aniquila el caos, lo estructura. Esta narrativa no es un intento primitivo de explicar la astronomía; es un mapa de la consciencia. Marduk es la consciencia emergente que debe enfrentarse al poder abrumador del inconsciente (Tiamat) para crear un espacio ordenado, un "mundo", en el que la vida pueda florecer.
Este mismo patrón resuena en la Titanomaquia griega. Los Titanes, liderados por Cronos, son las fuerzas primordiales, brutales y desmedidas de la naturaleza. Zeus y los dioses olímpicos representan un nuevo orden basado en la ley, la inteligencia y una jerarquía diferenciada. La guerra de diez años que libran no es una simple lucha por el poder, sino la imposición arquetípica de la estructura sobre la entropía. Zeus no es un mero déspota; es la encarnación de la razón cósmica que establece los límites y las funciones de la realidad. En la tradición nórdica, la creación emerge del cuerpo del gigante primordial Ymir, desmembrado por Odín y sus hermanos. De nuevo, un ser caótico e indiferenciado debe ser sacrificado y estructurado para dar origen a un mundo habitable. Todas estas historias apuntan a una misma verdad operativa: tanto en el macrocosmos como en el microcosmos de la psique individual, la consciencia no nace en un vacío, sino que debe ser forjada a través de una confrontación activa con las fuerzas del caos, tanto internas como externas.
Si el establecimiento del orden es el primer acto del drama cósmico, el segundo es el viaje del individuo dentro de ese orden: el viaje del héroe. Este es, quizás, el monomito más extendido y reconocible, un protocolo universal para la individuación y la realización del potencial humano. Es el camino que transforma a un individuo ordinario en un ser plenamente consciente. Sus etapas son universales porque describen un proceso psicológico y espiritual ineludible. Hércules, con sus doce trabajos, nos ofrece un catálogo exhaustivo de este proceso. No son doce aventuras aleatorias, son doce purificaciones arquetípicas. Matar al León de Nemea, cuya piel es impenetrable, es el dominio de la propia naturaleza animal y las pasiones brutales. Cortar las cabezas de la Hidra de Lerna, a la que le crecen dos cabezas por cada una que se corta, es la confrontación con los hábitos negativos o las adicciones que se multiplican cuando se las ataca directamente; la solución de Hércules, cauterizar los cuellos con fuego, simboliza la necesidad de aplicar una consciencia ardiente y transformadora para impedir su regeneración. Limpiar los establos de Augías en un solo día no es una tarea de saneamiento, sino el arquetipo de la purificación del subconsciente, inundado por la suciedad de años de negligencia, una tarea imposible para la fuerza bruta (la pala) pero posible al desviar dos ríos (utilizando las fuerzas de la naturaleza o la energía vital misma). Cada trabajo es una metáfora de una victoria interior específica.
En la tradición japonesa, el mito de Susanoo-no-Mikoto, el impetuoso kami de la tormenta, sigue este mismo patrón. Tras ser exiliado del cielo por su comportamiento caótico, Susanoo desciende a la tierra y encuentra a una pareja de ancianos llorando porque un monstruo de ocho cabezas y ocho colas, el Yamata no Orochi, ha devorado a siete de sus hijas y viene a por la octava, Kushinada-hime. El Orochi es un arquetipo perfecto de la fuerza ctónica y destructiva de la naturaleza no integrada, una hidra japonesa. Susanoo no lo derrota con la fuerza bruta, sino con la astucia: prepara ocho tinajas de sake para que cada cabeza del monstruo beba y se emborrache. Solo entonces, cuando la bestia está sometida e inconsciente, puede desmembrarla. Al hacerlo, encuentra en una de sus colas la legendaria espada Kusanagi-no-Tsurugi, uno de los tres tesoros imperiales de Japón. El héroe, al dominar el caos (el dragón), extrae de él un tesoro de inmenso poder y legitimidad (la espada). Rescata a la doncella (el alma, la pureza) y se casa con ella, estableciendo un nuevo linaje. Es el mismo viaje de Teseo, de San Jorge, de Beowulf, vestido con los ropajes del Shinto.
El viaje de Ulises en la Odisea es una de las exposiciones más profundas y matizadas de este arquetipo. Su viaje de regreso a Ítaca tras la Guerra de Troya es el largo y arduo camino del alma para regresar a su hogar, a su centro, a su verdadera identidad. Cada isla, cada encuentro, es una prueba psicológica. La ninfa Calipso le ofrece la inmortalidad y el placer eterno en su isla paradisíaca, una tentación para abandonar el camino y permanecer en un estado de felicidad estática e inconsciente. El rechazo de Ulises a esta oferta es una declaración arquetípica fundamental: el propósito del alma no es la felicidad perpetua, sino el cumplimiento de su destino, incluso si este implica sufrimiento, vejez y muerte. Las Sirenas, cuyo canto enloquece a los marineros, representan las tentaciones que desvían al buscador de su camino a través de promesas seductoras; Ulises las supera atándose al mástil (aferrándose a su propósito central) mientras permite que sus oídos escuchen (gana el conocimiento sin sucumbir). Su descenso al inframundo para consultar al profeta Tiresias es la necesaria confrontación con el mundo de los muertos, con el propio pasado y la sombra, para obtener la guía necesaria para el futuro.
Un tema recurrente dentro de este viaje es la confrontación con la muerte, no como un final, sino como una puerta de transformación. El descenso al inframundo es un rito de paso indispensable. En la mitología sumeria, el Poema de Gilgamesh, una de las obras literarias más antiguas de la humanidad, articula la angustia ante la mortalidad. Tras la muerte de su amado amigo Enkidu, Gilgamesh, aterrorizado por su propio fin, emprende un viaje desesperado para encontrar el secreto de la inmortalidad. Su búsqueda lo lleva a Utnapishtim, el superviviente del Gran Diluvio, quien le revela que la inmortalidad es el destino de los dioses, no de los hombres. Aunque fracasa en su búsqueda de la vida eterna, Gilgamesh regresa a su ciudad de Uruk y encuentra consuelo al contemplar las murallas que ha construido. El mito enseña una verdad profunda: la verdadera inmortalidad no se encuentra en la perpetuación del yo individual, sino en las obras, en la cultura y en el legado que uno deja atrás, en la contribución al orden del mundo.
El mito de la diosa mesopotámica Inanna (o Ishtar) y su descenso al inframundo es aún más explícito como mapa de transformación. Para visitar a su hermana Ereshkigal, la reina de los muertos, Inanna debe pasar por siete puertas. En cada una, el guardián le exige que se despoje de una de sus insignias de poder y divinidad: su corona, sus joyas, sus ropajes. Al llegar a la séptima puerta, está completamente desnuda, despojada de toda identidad y poder. Es juzgada y aniquilada. Solo a través de la intervención de Enki, el dios de la sabiduría, es resucitada y puede ascender, recuperando sus atributos en cada puerta. Este es un protocolo iniciático de una precisión asombrosa. Describe el proceso de "muerte del ego": para alcanzar el conocimiento más profundo, uno debe estar dispuesto a desprenderse de todas sus identificaciones, roles sociales, logros y apegos ("las joyas y los ropajes"). Es necesario llegar a un estado de vacuidad, de "muerte" psicológica, para poder renacer a un estado de ser superior y más auténtico.
En la mitología persa, cristalizada en el Shahnameh o "Libro de los Reyes", el héroe Rostam encarna el arquetipo del guerrero en su máxima expresión, pero también en su dimensión trágica. Es un campeón de fuerza sobrehumana, el protector de Irán, pero su vida está marcada por el cumplimiento del deber y el destino ineludible. El episodio más desgarrador es su combate a muerte con un joven campeón del ejército enemigo, Sohrab, a quien hiere mortalmente solo para descubrir, demasiado tarde, que era su propio hijo, a quien nunca había conocido. Este mito explora las consecuencias trágicas de la identidad no reconocida, el deber ciego y el destino. No ofrece una solución fácil, sino que presenta la complejidad de la condición humana, donde las mayores fortalezas de un héroe pueden estar intrínsecamente ligadas a sus mayores tragedias.
Otro arquetipo fundamental es el del sacrificio por el conocimiento o por la humanidad. El Prometeo griego roba el fuego de los dioses para entregárselo a los hombres. El "fuego" no es solo la llama literal, sino la chispa de la consciencia, la tecnología, el arte, la capacidad de crear y de desafiar el orden natural. Es un regalo que eleva a la humanidad, pero el acto es una transgresión contra el orden establecido de Zeus. El castigo de Prometeo —encadenado a una roca mientras un águila devora su hígado eternamente regenerado— es el símbolo del sufrimiento perpetuo que acompaña a la consciencia. Ser consciente es ser consciente del dolor, de la limitación, de la responsabilidad. La consciencia es tanto un don divino como una carga trágica.
En China, el mito de Pangu narra la creación desde una perspectiva de sacrificio total. Al principio, todo era un caos contenido en un huevo cósmico. Pangu nació dentro de él y, tras 18.000 años, rompió el huevo. Las partes ligeras (Yang) ascendieron para formar los cielos, y las partes pesadas (Yin) descendieron para formar la tierra. Temeroso de que volvieran a unirse, Pangu se interpuso entre ambos, creciendo cada día para separarlos. Tras otros 18.000 años, cuando el mundo estuvo estable, Pangu murió. Su cuerpo se convirtió en el mundo: su aliento en el viento, sus ojos en el sol y la luna, su sangre en los ríos, y su carne en la tierra. Este es el arquetipo de la creación como un acto de completa autodisolución. El cosmos no es una creación externa de un dios, sino la manifestación del cuerpo mismo de un ser primordial. Implica una verdad fundamental sobre la interconexión: todo en el universo es parte de un único cuerpo sagrado.
Los mitos, por tanto, no son meras historias para entretener o supersticiones para ser superadas. Son una ecología del alma. Nos proporcionan los grandes relatos que nos enmarcan, nos orientan y nos dan un sentido de lugar y propósito en el cosmos. Muestran que nuestras luchas individuales no son patologías aisladas, sino ecos de los viajes heroicos de Teseo y Ulises. Nos enseñan que nuestros momentos de caos y desesperación son un reflejo de la batalla primordial entre Marduk y Tiamat. Nos revelan que el verdadero conocimiento exige el tipo de sacrificio que Odín y Prometeo estuvieron dispuestos a hacer. En un mundo cada vez más fragmentado y desprovisto de una narrativa unificadora, los mitos permanecen como faros de una sabiduría atemporal, recordándonos los patrones eternos que tejen la tela de la realidad y nos invitan a participar conscientemente en su danza.

No hay comentarios: