Un análisis de cómo la familia extendida fue desmantelada por el Estado y el mercado, generando una sociedad de individuos aislados.
El universo observable, desde la danza de las galaxias hasta la arquitectura de un átomo, opera sobre un principio fundamental e ineludible: la cohesión. Las partículas subatómicas no existen en un estado de independencia absoluta; se agrupan para formar átomos. Los átomos no vagan sin rumbo; se enlazan para crear moléculas. Las moléculas se organizan en células, las células en tejidos, los tejidos en órganos, y los órganos en un ser vivo complejo y funcional. Cada nivel de existencia emerge de la cooperación y la interdependencia del nivel inferior. La fuerza, la estabilidad y la existencia misma de cualquier sistema complejo son el resultado directo de la unión funcional de sus partes. Este no es un postulado filosófico, sino una descripción operativa de la realidad. La gravedad que mantiene a los planetas en órbita, la fuerza electromagnética que une a las moléculas, los instintos biológicos que impulsan la formación de colonias o manadas; todos son expresiones, en diferentes escalas, de esta misma ley primordial. La separación prolongada o el aislamiento de una parte conduce, inevitablemente, a su debilitamiento y eventual disolución. Una célula separada del cuerpo muere. Un animal aislado de su manada perece.
Durante la inmensa mayoría de la historia humana, la organización social reflejaba un entendimiento intuitivo y práctico de esta ley. La unidad fundamental no era el individuo, sino la familia extendida, una estructura multigeneracional co-residente. Esta no era una elección cultural o una convención sentimental; era una tecnología de supervivencia y prosperidad de una sofisticación inmensa, un organismo social diseñado para maximizar la fuerza y minimizar la vulnerabilidad. Examinar su funcionamiento interno no es un ejercicio de nostalgia, sino un análisis forense de un sistema biológico-social altamente eficiente.
En este modelo, la unidad doméstica funcionaba como un cuerpo único con múltiples órganos. La economía era un sistema circulatorio compartido. No existía el concepto del "salario individual" como motor principal de la vida. La tierra, el ganado, las herramientas; todo pertenecía al linaje, a la entidad colectiva que se extendía hacia el pasado y el futuro. El trabajo de un hombre en el campo no era para su propio beneficio, sino para llenar el granero común que alimentaba a sus hijos, a sus padres, a sus sobrinos y a sí mismo. La labor de una mujer en el hogar no era un servicio para su marido, sino el mantenimiento del núcleo operativo que sostenía a diez o quince personas. Los recursos se optimizaban con una eficiencia hoy perdida. Una sola fuente de calor calentaba a todos. Una sola cocina multiplicaba los alimentos para el clan. La ropa de un hermano mayor pasaba al menor. Una herramienta era usada por varias generaciones hasta que se rompía y era reparada con el conocimiento transmitido por el abuelo. La idea de que cada adulto necesitara su propio juego completo de posesiones —su propia casa, sus propias ollas, sus propios muebles— se habría considerado una forma de locura, un derroche tan antinatural como si cada órgano del cuerpo exigiera su propio sistema circulatorio independiente.
Esta estructura era, además, el único sistema de seguridad social viable. Las crisis, que son inevitables en la vida humana, eran absorbidas por el organismo completo. Cuando un hombre moría joven, su viuda y sus hijos no quedaban desamparados; eran automáticamente integrados en la estructura de sus hermanos o tíos. No era un acto de caridad, sino una función sistémica. El clan no podía permitirse tener partes vulnerables, del mismo modo que un cuerpo no puede permitirse tener una herida abierta sin enviar todos sus recursos para cerrarla. Cuando una persona enfermaba, no afrontaba la crisis en soledad. Era cuidada por una rotación de familiares, cada uno aportando su tiempo y energía. La carga se distribuía, haciéndose tolerable para todos. El envejecimiento no era una condena al aislamiento. Las personas mayores, al perder su fuerza física, no perdían su función. Se convertían en el repositorio de la sabiduría, en los cuidadores de los niños más pequeños, en los consejeros de la generación activa. Su presencia era una pieza integral del engranaje, y su cuidado en la vejez era la devolución natural de la energía que ellos habían invertido en el sistema durante toda su vida.
Psicológicamente, este sistema proveía un contenedor de una estabilidad inmensa. La identidad de una persona no era un proyecto ansioso que debía construirse desde cero en un vacío. La identidad era un regalo, algo que se recibía. Un individuo sabía quién era en función de sus relaciones: era hijo de alguien, hermano de alguien, parte de un linaje con una historia y una reputación. Esta pertenencia le otorgaba un lugar inamovible en el mundo. La educación no era un proceso abstracto delegado a instituciones externas, sino un aprendizaje constante por ósmosis. El niño aprendía los valores observando cómo su padre trataba a su abuelo. Aprendía sobre la responsabilidad viendo cómo la comida se repartía equitativamente. Aprendía sobre la resiliencia escuchando las historias de las sequías y las plagas que sus ancestros habían superado. La formación del carácter era un proceso de pulido constante, realizado por la fricción diaria con múltiples personalidades, edades y temperamentos. No había escapatoria del espejo social que la familia extendida representaba. El comportamiento antisocial o egoísta era corregido de inmediato no por una autoridad abstracta, sino por la presión tangible de todo el grupo.
Esta era la configuración por defecto de la sociedad humana, una que priorizaba la resiliencia del todo sobre la autonomía del fragmento. Y funcionó durante milenios. La transición hacia el modelo actual, centrado en el individuo aislado y el núcleo familiar mínimo, no fue una evolución natural ni un progreso inevitable. Fue una demolición sistemática de esta estructura orgánica, llevada a cabo por la convergencia de dos fuerzas masivas que, por primera vez en la historia, encontraron un interés común en la atomización de la sociedad.
La primera fuerza fue el poder político centralizado, que en su forma moderna se manifestó como el Estado. Un poder centralizado encuentra una resistencia natural en las estructuras intermedias fuertes y autosuficientes. Un gobierno puede tratar fácilmente con millones de individuos, pero le es muy difícil imponer su voluntad a miles de clanes familiares cohesionados, cada uno con su propia economía, su propio sistema de lealtad y su propia ley interna. La familia extendida es una unidad de poder soberana a pequeña escala. Para que el poder del Estado creciera, el poder de la familia tenía que disminuir. Este proceso se llevó a cabo bajo la apariencia de progreso y derechos individuales. El Estado del Bienestar, pieza clave de esta transformación en el siglo XX, no fue simplemente un acto de compasión. Fue una estrategia, consciente o no, de transferencia de dependencia.
Observemos el mecanismo en la vida real. El Estado comenzó a ofrecer pensiones de jubilación. El mensaje implícito para el anciano fue: "Tu seguridad ya no depende de tus hijos; depende de mí, el Estado. Recibirás un cheque cada mes, independientemente de tu relación con ellos". El mensaje para el hijo fue: "El cuidado de tus padres ya no es tu responsabilidad primordial; es una responsabilidad del Estado". De un solo golpe, se cortó uno de los vínculos de reciprocidad más poderosos que unían a las generaciones. Luego, el Estado expandió la educación pública obligatoria. El mensaje fue: "La formación de la mente de tus hijos ya no es tu dominio; es el nuestro. Nosotros decidiremos qué aprenden, qué valores se les inculcan y cómo deben ver el mundo". La autoridad de los padres fue erosionada y reemplazada por la del sistema educativo. El Estado proveyó subsidios de desempleo y ayudas sociales. El mensaje para el individuo en crisis fue: "No necesitas recurrir a tu familia en busca de ayuda; ven a nosotros. Llena estos formularios y te daremos dinero". La red de seguridad familiar fue sustituida por una red burocrática, fría e impersonal. En cada frente, el Estado se insertó en las funciones vitales que antes eran exclusivas del organismo familiar, y en cada caso, el resultado fue el mismo: el individuo se volvió menos dependiente de sus parientes y más dependiente de una entidad gubernamental anónima. La "libertad" de la familia se compró al precio de la servidumbre al sistema.
La segunda fuerza, que actuó en perfecta sinergia con la primera, fue el poder económico de la producción y el consumo en masa. El capitalismo industrial prospera con la expansión de los mercados. La familia extendida es un modelo de consumo terriblemente ineficiente. Un clan de quince personas puede vivir con un solo refrigerador, quizás dos coches, una suscripción a un servicio. Quince individuos viviendo por separado, o en pequeñas unidades nucleares, necesitan siete u ocho refrigeradores, diez coches, múltiples suscripciones. La atomización social es el modelo de negocio más rentable jamás concebido. Para que este modelo funcionara, era necesario crear el deseo por la separación.
Aquí es donde entra en juego la maquinaria de la publicidad y la cultura popular. A partir de mediados del siglo XX, se comenzó a glorificar sistemáticamente el ideal de la "independencia" residencial. El cine, la televisión y las revistas bombardearon a la población con una nueva narrativa del éxito. El héroe ya no era el que se quedaba para honrar y fortalecer su linaje, sino el que se "liberaba" de él. El "sueño" pasó a ser tener un apartamento propio en la ciudad, lejos de la mirada de los padres. Vivir con la familia después de cierta edad comenzó a ser retratado como un signo de fracaso, inmadurez o dependencia patológica. Se crearon una serie de justificaciones psicológicas que se filtraron en el lenguaje cotidiano: había que "cortar el cordón umbilical", "matar al padre" simbólicamente, "encontrarse a uno mismo" lejos de las influencias familiares.
Esta campaña cultural y comercial convenció a generaciones enteras de que la separación era sinónimo de madurez. El resultado fue la creación de millones de nuevos "hogares", cada uno de los cuales era una nueva unidad de consumo. Cada joven que se iba de casa necesitaba comprar un juego completo de muebles, electrodomésticos, utensilios de cocina. Necesitaba contratar sus propios servicios de electricidad, agua e internet. Se convirtió en un nuevo consumidor, a menudo endeudándose a través de hipotecas y créditos para financiar este nuevo estilo de vida obligatorio. La economía se benefició inmensamente, y los políticos se beneficiaron al gobernar sobre una población de individuos atomizados, más fáciles de manejar y más dependientes de los servicios estatales que ellos controlaban. La destrucción del organismo familiar no fue un efecto secundario del progreso; fue, en gran medida, su motor.
Las consecuencias de esta vasta operación de ingeniería social son visibles hoy en la vida cotidiana de millones de personas. El resultado ha sido una epidemia de patologías psicológicas y sociales que eran relativamente raras en la estructura anterior. La soledad se ha convertido en una condición crónica en las sociedades más "desarrolladas". Un individuo puede estar rodeado de gente en una gran ciudad y sentirse profundamente solo, porque carece de los vínculos de pertenencia incondicional que la familia extendida proveía. Esta soledad no es una mera tristeza; es un estado de alarma biológica. El sistema nervioso humano está programado para percibir el aislamiento como una amenaza mortal, y reacciona con un estrés crónico que subyace a muchas enfermedades modernas, tanto físicas como mentales.
La ansiedad y la depresión se han vuelto endémicas. Mucha de esta ansiedad proviene de la inmensa fragilidad económica y emocional del individuo aislado. En la estructura antigua, la pérdida de un empleo era un problema para el clan, que lo resolvía colectivamente. Hoy, para una persona sola, puede significar la ruina, el desahucio, la indigencia. El miedo es constante. La depresión, en muchos casos, es el resultado de una vida desprovista de un propósito trascendente. El propósito antes estaba claro: contribuir a la supervivencia y el florecimiento del linaje. Hoy, se le dice al individuo que su propósito es el "éxito personal" y la "felicidad", conceptos vagos y ego-centrados que a menudo conducen a un ciclo de frustración y vacío existencial.
El fenómeno de los ancianos que mueren solos y no son descubiertos durante días o semanas es la manifestación más grotesca del fracaso de este nuevo modelo. Este hecho, recurrente en las naciones más individualistas, revela una verdad brutal: el sistema de cuidado estatal es un sustituto funcional, no afectivo. Provee un cheque, una visita de una enfermera, pero no puede proveer la presencia, el amor y la dignidad que sólo el vínculo familiar puede otorgar. Un anciano ya no es visto como un pilar de la comunidad, sino como una carga administrativa para el sistema de pensiones y salud. Su muerte solitaria es la conclusión lógica de una vida a la que se le enseñó que la independencia era el valor supremo.
Los jóvenes, por su parte, se enfrentan a una presión sin precedentes. Se les empuja fuera del hogar para que cumplan con el mandato cultural de la independencia, pero se encuentran en un sistema económico que hace que esa independencia sea casi inalcanzable. El coste de la vivienda, la precariedad laboral y la deuda estudiantil crean un estado de lucha constante. Al mismo tiempo, deben navegar las complejidades de la vida adulta sin el mapa de ruta y el apoyo constante que las generaciones anteriores recibían por defecto. La llamada "familia disfuncional" es, en realidad, el estado natural de la familia nuclear cuando se la despoja del ecosistema de apoyo de la familia extendida. Se espera que dos personas —los padres— cumplan las funciones económicas, emocionales, educativas y logísticas que antes realizaban quince. Es una tarea hercúlea, y la alta tasa de rupturas y divorcios es una prueba de que la estructura es inherentemente inestable.
Lo que ha ocurrido, por tanto, es una vasta inversión del orden natural. Se ha promovido un principio de disgregación, una fuerza que separa, bajo el disfraz de la libertad. Esta es la esencia de una acción que se podría llamar diabólica, no en un sentido religioso, sino en su significado etimológico original: dia-ballō, "separar", "dividir". Se ha convencido a la parte de que su destino era más grandioso que el del todo, y al hacerlo, la parte ha perdido su fuerza, su propósito y su conexión con la vida. La libertad prometida se ha revelado como el aislamiento en una jaula de consumo y dependencia estatal.
El camino de regreso no implica una regresión a formas pasadas, sino una comprensión profunda del principio perdido. Requiere el reconocimiento consciente de que la fuerza reside en la unión y la debilidad en el aislamiento. Requiere que los individuos comiencen a reconstruir, a pequeña escala, los lazos de interdependencia y responsabilidad mutua. Comienza por desafiar la narrativa de que el éxito es irse lejos y no mirar atrás, y por revalorizar el acto de cuidar de los propios padres, de estar presente para los hermanos, de construir comunidades locales que funcionen como pequeños clanes. Se trata de entender que la verdadera autonomía no es la ausencia de lazos, sino la fuerza que se obtiene de estar firmemente arraigado en una red de relaciones sanas y recíprocas. La salud de una sociedad, al igual que la de cualquier organismo vivo, se puede medir por la fuerza y la vitalidad de los vínculos que unen a sus partes.

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